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Memorias de un trotamundos compulsivo – #6

Aquella vez que entendí las palabras de George Orwell…

El 28 de junio de junio de 1914, Francisco Fernando, archiduque de Austria y heredero al trono austrohúngaro, fue asesinado frente al Puente Latino de Sarajevo. Su muerte precipitó la declaración de guerra de Austria contra Serbia que desencadenó la Primera Guerra Mundial.

El 28 de junio de 2016, frente a ese mismo puente, conocí una chica japonés-brasileña. Se me acercó porque me había reconocido del hostal donde ella también se hospedaba. Con su sonrisa digna de una tímida geisha y con sus ojos grandes como en las pinturas de Margaret Keane me convenció a pasar la tarde juntos. Paseando por las preciosas calles de la actual capital de Bosnia Herzegovina, compartimos el amor a las fotos en blanco y negro, que contrastaban perfectamente con nuestras personalidades multicromáticas, creando una dicotomía harmoniosa.

Esa misma tarde volvimos al hostal para cocinar un plato vegetariano y tomar unas copas de Rakia, la bebida alcohólica nacional que te deja más perdido que un daltónico jugando Twister. Copa tras copa empezamos a contarnos verdades el uno a la otra, de esas verdades que no le contarías ni al cura de una aldea de 10 residentes. Como todo hombre, cagón sobrio y león borracho, al llegar a un estadio de ebriedad nivel Boris Eltsin, le pedí un beso. La chica me contestó negativamente; pero decidió hacerme una sorpresa mayor. Se puso delante de la silla donde estaba yo sentado y se agachó de repente para bajarme la cremallera y practicar sexo oral con sus labios de Greta Garbo. La tensión sexual era tan fuerte que decidimos ponernos en una esquina escondida de la terraza del hostal para el coito, ya que al otro lado de la puerta de cristal donde nos encontrábamos había gente mirando dos sombras en plena acción erótica. Una vez acabamos, volvimos a beber esa poción mágica.

Tuvimos sexo una vez más, en la ducha de uno de los baños, mientras toda la gente dormía. Finalmente nos dimos un abrazo y nos fuimos a dormir a las 4 de la mañana. El día siguiente hice el check-out a las 11 de la mañana y la chica me acompañó para saludarme. Con nuestra sorpresa, la dueña gitana del hospedaje, una señora de estatura mediano-alta y con un lunar grande como el satélite Sputnik 1, al vernos empezó a reírse a carcajadas mientras apuntaba su gordo dedo bosnio contra nuestras caras. Detrás de la barra de la recepción, con un inglés muy básico nos dijo que habían disfrutado mucho mirándonos a través de las cámaras la noche anterior, y nos agradecían por el espectáculo.

No nos habíamos dado cuenta de que había cámaras de seguridad en las paredes que lo filmaron todo mientras sudábamos como Adebe Bikila en el maratón de Roma de 1960. La reacción fue una mezcla entre nervioso e hilaridad, porque ambos aprendimos ese día el significado de 1984, la novela política de ficción distópica de Orwell.

 

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Por AkiraGibran, viandante adicto al oxígeno. Sus mayores enemigos son el sentido común y la rutina

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