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Memorias de un trotamundos compulsivo – #5

Aquella vez que me enamoré de una chica con mirada peculiar…

Un ser vive porque se alimenta de sus amores: un poema de Pablo Neruda y una canción de Joan Manuel Serrat, un baile de Rudolf Nureyev y una película de Wong Kar-Wai. Esto suele ser así si hablamos de una vida como las otras, una vida normal. La mía no, mi red de amores representa un poema dadaísta de Tristan Tzara, propugnando la liberación de la fantasía y el sinsentido.

Roma, hace más de 15 abriles, durante una fiesta en una mansión grande como un parque de atracciones, estaba yo sentado en un salón junto con tres de mis mejores amigos. Toca el timbre y, de repente, aparecen dos chicas maravillosas y con tremendo estilo a las que ninguno de nosotros conocía. Los cuatro nos levantamos del sofá inmediatamente, acercándonos para hablar con ellas, para seducirlas. Más que una conversación, eso parecía la célebre danza de los cisnes al puro estilo Nureyev y Margot Fonteyn. Así seguimos un buen rato, hasta que descubrimos que las dos jóvenes bellezas eran hermanas y que estaban de viaje por Italia. 

En aquella época, y aquella noche también, yo siempre llevaba una gorra con visera hacia atrás, imitando el modelo de un personaje tan sumamente inútil como Fred Durst de Limp Bizkit. Llevaba la cara afeitada, una cara inocente de joven, pero mis ojos – tras unas copas y varios porros – tenían más lagrimeo que un sauce llorón. Me acerco a la más hermosa de los dos. Era alta, tenía pecas en la cara y un cabello castaño cubierto por una bandana roja. Tenía una forma de mirarme tan intensa y sensual que me estaba derritiendo como chocolate bajo el sol de agosto. Le hablo, ella sonríe, nuestras mirada se cruzan, nuestras bocas se atraen y, de repente, acabamos en otra habitación.

Nos sentamos, nos besamos, le acaricio el inocente pecho. Me dice ‘Me encantan tus ojos’, le contesto ‘Tu mirada me mata’. ‘Qué dices, me estás tomando el pelo’ repite más de una vez la joven. ‘Te juro que me encanta’, fue mi última respuesta. Ella cierra los ojos, me besa una última vez y se levanta para volver al salón con el resto de gente.
La noche siguió entre violines y jarras, tan gris como una pintura de Braque. Buscaba su mirada una vez más, pero ella pasaba de mi olímpicamente y mi alma se fue apagando poco a poco. Sentía que, por alguna razón, me había dejado escapar esa belleza que pocos minutos antes tenía entre mis manos, deseándola como si fuese el Santo Grial.

Las chicas se fueron al cabo de un rato y nos quedamos los 4 del sofà jugando a la consola hasta las tantas. 
De madrugada ya estaba sobrio otra vez y decidí volverme a casa. Pocas horas después me llama uno de mis amigos y me despierta de ese síndrome confusional agudo en el que me encontraba tras ser rechazado. Se reía de mí porque no me había dado cuenta de que la chica tenía un ojo de vidrio. Esa mirada que me mataba era una mirada que no existía, se trataba de una prótesis ocular. Ese fue aquel día en el que me enamoré de una chica con mirada peculiar.

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Por AkiraGibran, viandante adicto al oxígeno. Sus mayores enemigos son el sentido común y la rutina.

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