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Memorias de un trotamundos compulsivo – #4

Aquella vez que viajé a Liechtenstein…

Si alguien me preguntase cuál es el sitio más raro que jamás he visitado, seguramente diría que es el diminuto Principado situado entre Austria y Suiza, dos paises con los que comparte únicamente un coste de vida exagerado.

Llegué allí después de tres intensos meses de viaje como mochilero, con unas barbas estilo Charles Manson y un mal olor digno de un jugador de rugby con hiperhidrosis tras una batalla de 80 minutos. Arrastrando mis pies como Keyser Soze, el icónico personaje de los ‘Sospechosos habituales’, llegué a uno de los pocos países de Europa donde no se acepta la moneda única Europea, todo un detalle para los amantes de las leyes de Murphy. El hotel más barato en esta mancha del antiguo continente consistía en una cama por 100 francos suizos (unos 80 euros). Obviamente decidí seguir mi viaje tal y como había empezado, como un vagabundo.

Llegué al principado a las 12 de la noche y como ocurre en las peores pesadillas empezó a llover, llovía tanto que parecía el diluvio universal de la Génesis, pero en la vida real. Sin saber donde ir a parar me acerco a la estación de trenes, que en realidad es estación de tren ya que hay solo una vía. Por fin encuentro un banco de madera. Afortunadamente, alrededor de las 2 dejó de llover, desenfundo mi saco de dormir y en medio del frío bíblico de Liechtenstein me acuesto y me pongo a dormir. Pero, en un abrir y cerrar de ojos me despierta con una escoba una señora vieja, tan vieja que en mi cabeza resonaban las palabras de aquella famosa canción de Ismael Serrano, ‘La mujer más vieja del mundo’. Tantas eran las arrugas en su rostro que me parecía tener enfrente mio a un autorretrato de Madre Teresa de Calcuta, ‘Nunca fue la bailarina más bella del salón…’

La mujer más vieja del mundo me soltó algo en alemán, que por cierto es el idioma oficial de este agujero. Me hace entender que en un país de sólo ricos no puedo dormir por la calle. Son las 5 de la mañana, mis testículos se encogieron tanto durante esas pocas horas que parecían dos ravioli. Pero no me derrumbo, levanto mi mochila de mil quilos de peso y empiezo una escalada hacia una de las montañas que envuelven la ciudad, sintiéndome como un sherpa escalador.

Sin desayuno ni plata, sin jabón ni corbata, sin el calor de una fogata, recorro los 5 kilómetros que hay hasta la cumbre, encontrándome finalmente con un castillo del siglo XI, construido muy probablemente en honor a la mujer más vieja del mundo que ahora se ocupa de la limpieza de la estación de tren: “nadie se batió en duelo por ella, Sabina nunca la cantó”. Lo único que allí quedaba eran 5 o 6 pedruscos y varias marcas de hoguera en el césped, como si alguien hubiese hecho una misa negra la noche anterior. Ese silencio me angustió de tal manera que me fui cagando leches.

Volví a la estación de trenes para irme de una vez por todas, pero me enviaron a otra, pues resulta que Liechtenstein tiene 4 calles pero 2 estaciones. Pido cuál es el primer tren que me lleva hacia el sur de Europa. Tuve que pagar 120 euros para viajar 8 horas, los 120 euros más caros que he pagado en toda mi vida, los últimos que me quedaban en la cuenta. Todo esto para pasar en Liechtenstein unas 12 horas. “Maldita Penélope, nunca regresó Ulises”.

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Por AkiraGibran, viandante adicto al oxígeno. Sus mayores enemigos son el sentido común y la rutina.

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