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Memorias de un trotamundos compulsivo – #2

Aquella vez que me partí las costillas al marcar de chilena… 

La primera frase con la que empieza la novela de cada joven es: “Mi gran sueño es marcar un gol de chilena delante de un gran público”. La verdad, es que con 13 años te da igual tener novia o no, los más probable es que te mates de onanismo y sueñes con ser el mejor futbolista del barrio.

En esta ocasión, y olvidándome de aquel famoso ‘Miedo escénico’ mencionado por Jorge Valdano, me voy a Roma para participar a un torneo de fútbol con mis compañeros de clase. Somos un equipo singular por decirlo de alguna manera, una mezcla de talento y desgracia: un arquero vestido con la camiseta del Rayo Vallecano, y creo que no hacen falta más explicaciones; un defensa que en aquel entonces ya tenía barba y pelo en el pecho y que era el único que había perdido la virginidad, con una mujer sueca que estaba a punto de casarse; un mediocampista más lento que un coche aparcado pero con más garra que un ‘Allblack´ neozelandés; un delantero más bajo que una lavadora pero con un talento puro y deslumbrante. Y por último, yo, mediocampista, parecido a Redondo, pero solo por el peinado, ya que como estilo de juego me parezco más a un Gattuso… Juntos somos la representación perfecta de los sistemas dinámicos y complejos de la teoría del caos.

Se dice que los milagros ocurren como consecuencia de las buenas acciones, y bueno, si la gente aún cree en la sábana santa de Turín, entonces cómo no se va a tener fe en que un equipo de desgraciados como el nuestro llegue a una final?

Pues a la final llegamos. Nos toca jugar el último partido contra el equipo del barrio delante de 25 espectadores, 20 padres y 5 curas (o sea, 25 padres). Después de 10 minutos se nos lesiona el defensa peludo. Forzados a jugar todo el encuentro con solo 4 jugadores en el campo, nos toca enfrentarnos a una Epopeya, solo que en lugar de dioses y mortales, hay un pequeño grupo de masturbadores seriales.

Quedan 3 minutos para el final y el resultado va igualado. Nuestros pulmones están llenos de flema, las piernas empiezan a temblar como a Dorando Pietri en aquel famoso maratón de las Olimpiadas de 1908. Jugada en contraataque de nuestro equipo, centro del delantero, veo la pelota acercarse con una trayectoria ideal, cierro los ojos y revolucionando las leyes del espacio y del tiempo, me doy un gran impulso y hago un salto de 1 metro levantando mis piernas al aire como Nadia Comaneci y hago una tijereta. El tiempo se detiene, trago saliva y por fin siento mi pie pegándole al balón; después de este gesto caigo al suelo y escucho los gritos de emoción de mis compañeros de aventura. Abro los ojos y veo la expresión en la cara del guardameta contrincante, la misma que tiene un hombre al eyacularse después de 30 segundos en su primera cita sexual.

Ganamos el torneo y me convertí en el rey de la comedia de Martin Scorsese, el centro de la atención durante esos pocos segundos. Pero en apenas 30 minutos pasé de ser el centro de la atención para el público a estar en el centro de atención del hospital más cercano. Marcando ese gol me fracturé dos costillas.

 

Por AkiraGibran, viandante adicto al oxígeno. Sus mayores enemigos son el sentido común y la rutina.

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